Menagerie Intime

Frederico (no confundir con otra entrada que se llama Federico)

Me he dado cuenta de que desde hace unos días solo escribo de cosas que me pasan en la actualidad relacionadas con situaciones que he vivido en la cárcel. Supongo que es porque ahora, cada día, pienso en lo que hacía hace un año, en cómo ha cambiado mi vida de un verano a otro y, porqué no decirlo, en todo lo que he aprendido. En la cárcel y después de ella.

Ayer, sin ir más lejos. Ayer compré un frederico. Un electrodoméstico de esos que les metes cervezas calientes y al ratito ya están frías. Quien habla de cervezas, habla de chuletas, agua, botellas de té y comidas y bebidas variadas. He de decir que a pesar de no comprarlo para mi, sino para mi empareja,  lo conseguí a un precio muy asequible. Y es que a veces, a gitanito, no hay quien me gane. Pero esto no es lo que quería escribir hoy.

Decía que a raíz de comprar el frederico ayer, me acordé de los fredericos que teníamos en la cárcel. Todos último modelo. Por ejemplo, en la celda 35, la primera celda en la que viví cuando me llevaron a la tercera sección de la cárcel, teníamos un cubo de plástico azul. Ese era nuestro frederico. Le habían hecho un par de agujeros en la parte superior, antes de llegar al fin del plástico, de manera que el cubo nunca se llenara de agua. Lo teníamos puesto en un bidel que nadie usaba, con el agua fría corriendo a todas horas. Durante todo el día y toda la noche. En el cubo metíamos las cocacolas que Vincenzo compraba, los tupperware con filetes de carne que la madre de Tibi le traía una vez a la semana, las botellas de agua para que se mantuvieran ajenas al calor del verano romano… cositas así.

En la celda 30, la segunda y última en la que viví, teníamos como frederico una triste fuente de plástico, de esas que utilizábamos para recoger la comida asquerosa que nos repartían. En esa celda éramos mucho más estoicos, por lo que solo utilizábamos el citado plato para enfriar la botella de té que hacíamos cada mañana y que con tanto gusto y frescor nos bebíamos por la noche, en la cena. Para optimizar el rendimiento del electroméstico, cubríamos la botella con un paño de cocina hecho con alguna toalla vieja de vete tú a saber qué preso. Un pequeño chorro de agua caía sobre el trapo de manera continua, de forma que este se mantuviera siempre mojado y, a su vez, enfriara el líquido elemento que tanto nos haría disfrutar en las veraniegas tardes.. Se trataba este frederico, pues, de uno con mucha menos capacidad y más ecológico que el de la 35, la verdad. Sobre todo porque solo teníamos el agua corriendo durante el día. Por la noche no había nada que enfriar. Si el ministro Sebastián me leyera, nos daría un premio a la eficiencia energética. Por lo del cortar el agua por las noches y porque íbamos sin corbata. Para ahorrar aire acondicionado, claro.

Contaba la sección tercera, también, con un arcón congelador que hacía las delicias de los presos. Un solo arcón congelador, cerrado a cal y canto, con llave y candados incluidos, situado en la planta baja, justo al lado de la oficina de la Brigadier. El horario de apertura del congelador era de 11 a 12 de la mañana. Tres días a la semana (si no recuerdo mal, eran los lunes, miércoles y viernes). Debido a ese horario, nosotros, los de mi celda, la 30, no metíamos nada allí. Digo lo del horario porque el que los marcó (llámese el Director del Penal) lo hizo a mala idea, sin lugar a dudas. A saber. Los productos congelados que se podían comprar en la cárcel se repartían los sábados. Ya de por sí venían a medio congelar, la verdad, pero eso tiene un pase. El caso es que el director de la cárcel te obligaba a tenerlos en la celda hasta el lunes a las 11 de la mañana, momento este en que si querías, podías bajar y guardarlo en el arcón comunitario. Por todos es sabido que los productos congelados, una vez descongelados, no se deben de volver a poner a temperaturas bajo cero. Bueno, todos no sabemos eso. Había presos que tras tener una bandeja de frutos del mar (denominación errónea, supongo que debida a un error tipográfico, ya que por su sabor, presencia y textura deberían haberse denominado “frutos del mal”) 48 horas en su armario de la celda, los bajaban al congelador. Con dos cojones. Miedo me daba pensar en cuántas personas padecían de diarreas durante esos días.

Así que ahora, por todo esto que he escrito, veo al frederico como un utensilio inútil. Un armario de frío que ocupa un espacio que bien podría estar dedicado en la cocina a otros menesteres. A veces hasta me descubro mirándolo con indiferencia, incluso con rencor. Está claro que donde se ponga un chorrito de agua fresquita…

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